La historia espacial de Chile comienza mucho antes de que el país tuviera satélites propios. Desde finales de la década de 1950, el territorio chileno empezó a desempeñar un papel importante en la exploración espacial internacional, gracias a sus condiciones geográficas privilegiadas y su ubicación estratégica para las comunicaciones con misiones espaciales. Chile no solo avanzó en el ámbito satelital, sino que también se transformó en una potencia mundial en astronomía, gracias a los cielos únicos del norte del país.
Los primeros pasos: el rol de Chile en las misiones Apolo
La participación de Chile en la exploración espacial comenzó en plena Guerra Fría, período en que Estados Unidos y la Unión Soviética competían por el dominio tecnológico y científico del espacio.
Debido a su ubicación geográfica estratégica en el hemisferio sur y sus condiciones ideales para las telecomunicaciones, Chile se transformó rápidamente en un territorio clave para el seguimiento de satélites y misiones espaciales internacionales. En 1959, la NASA instaló en Antofagasta una estación de rastreo satelital destinada al seguimiento de las primeras misiones espaciales estadounidenses. Esta base formaba parte de una red mundial de estaciones terrestres que permitían mantener comunicación constante con satélites y naves espaciales a medida que orbitaban la Tierra.
La importancia de Chile radica en que muchas de las trayectorias orbitales de las primeras misiones pasaron sobre Sudamérica y el océano Pacífico, por lo que contar con estaciones en el hemisferio sur era fundamental para mantener contacto con las cápsulas y recibir datos científicos.
La Estación Satelital de Longovilo fue esencial para captar la señal del satélite de transmisión internacional, convirtiendo a Chile en el único país que transmitió en vivo para toda Latinoamérica la llegada del ser humano a la Luna en 1969. Como anécdota, el astronauta Neil Armstrong mencionó en una de sus visitas que, durante el viaje a la Luna, escucharon la señal de Radio El Conquistador mientras pasaban por el océano Pacífico.


Esta instalación se convirtió en uno de los centros más importantes de comunicaciones espaciales de Sudamérica durante las décadas de 1960 y 1970, formando parte de la red de rastreo que apoyó la transmisión de la llegada del ser humano a la Luna.


Tres años antes del alunizaje, los astronautas Neil Armstrong y Richard F. Gordon visitaron Santiago el 27 de octubre de 1966. Para expresar su agradecimiento, se reunieron con el expresidente Eduardo Frei Montalva y le regalaron una fotografía.

Luego, en 1970, los astronautas de la misión Apolo 12 visitaron nuevamente al expresidente y le entregaron un pedestal con tres pequeños fragmentos de roca lunar y una bandera chilena que había viajado a la Luna.
La placa dice lo siguiente: «Esta bandera de vuestra nación fue llevada a la Luna y traída de vuelta por el Apolo XI, y este fragmento de la superficie lunar fue traído a la Tierra por la tripulación de ese primer aterrizaje lunar». Estas piezas históricas se encuentran en la Casa Museo Eduardo Frei Montalva.
El nacimiento del programa espacial chileno
FASat-Alfa: el primer satélite chileno
A fines de los años 80, la Academia Politécnica Aeronáutica comenzó a formar ingenieros en ciencias espaciales. En 1993, el General Ramón Vega ordenó explorar la posibilidad de un programa satelital nacional. El proyecto fue construido en el marco de un programa de transferencia tecnológica entre la Fuerza Aérea de Chile (FACh) y la empresa británica Surrey Satellite Technology Ltd (SSTL), y lanzado el 31 de agosto de 1995.
El proyecto se estructuró en tres partes: diseñar, fabricar y lanzar el primer satélite chileno; capacitar y entrenar a nueve ingenieros de la FACh en todas las etapas del proyecto; e instalar una estación de control de misión en la Base Aérea de Los Cerrillos. Los especialistas chilenos permanecieron más de un año en el Reino Unido.
El 13 de julio de 1994 se optó por un microsatélite de 50 kg que llevaría varios sistemas e instrumentos experimentales, entre ellos:
- Monitoreo de la Capa de Ozono (OLME): mediría la radiación solar ultravioleta dispersada por la atmósfera en longitudes de onda cercanas a los 300 nanómetros, lo que permite calcular la cantidad total de ozono en grandes zonas geográficas a altitudes superiores a los 25 km, rango de especial interés científico por ser donde el ozono se concentra más y donde se esperaba el mayor impacto de su disminución. Estaba equipado con dos cámaras CCD de campo amplio con sensores especiales y fotodiodos ultravioleta conectados al sistema de telemetría del satélite. Los datos recogidos serían procesados mediante modelos físico-matemáticos y correlacionados con la información de la Red Radiométrica Ultravioleta de la Dirección Meteorológica de Chile.
- Transferencia de Datos (DTE): antenas UHF (Ultra High Frequency) y VHF (Very High Frequency) para proveer transferencia de datos y comunicaciones.
- Navegación Global (GPS): para determinar la posición del satélite en el espacio usando la constelación de satélites GPS (Global Positioning System), lo que le daría cierta autonomía frente a la dependencia de EE. UU. para obtener sus parámetros orbitales. Contaba con un receptor especial diseñado para uso espacial, combinado con un software de posicionamiento.
- Sistema de Imágenes Terrestres (EIS): contaba con dos cámaras apuntadas en la misma dirección: una de campo amplio con resolución de 1.500 km, útil para ubicar geográficamente las imágenes y complementar el experimento OLME, y una de campo angosto con resolución de 150 metros, para identificar con mayor precisión las zonas fotografiadas. Las imágenes capturadas se transmitían a la Estación de Control de Misión en Santiago, donde se evaluaba su calidad antes de entregarlas a los investigadores para su procesamiento.
- Experimento Educacional: permitía que la señal del satélite fuera recibida desde los colegios de Chile a través de receptores de radioaficionados y computadores.
- Unidad Experimental de Almacenamiento de Datos en Estado Sólido: unidad de almacenamiento de 2 gigabits, a la que cada sistema del FASat-Alfa podía acceder a través de la red de área local (CAN), con capacidad para almacenar más de 600 imágenes de una sola vez.


Entre agosto de 1994 y abril de 1995 se dio inicio al ensamblaje de un módulo de ingeniería, cuyo propósito era probar todos los componentes y sistemas en tierra para verificar su correcto funcionamiento antes del lanzamiento. (En la foto posan los nueve ingenieros chilenos; Álvaro Valenzuela Quinteros, Mario Arancibia Marín, Rodrigo Suárez Villarroel, Héctor Gutiérrez Méndez, Fernando Mujica Fernández, Ramón Salgado Aravena, Victor Van der Zel, Juan Gatica Dinamarca y Marcelo Schoenherr Schmidt)
El plan original contemplaba lanzar el satélite como carga secundaria a bordo de un cohete Ariane desde la Guayana Francesa, pero un accidente durante el despegue de uno de esos vehículos dejó todos los lanzamientos en suspenso.
Ante este contratiempo, surgió una oportunidad inesperada: Ucrania buscaba consolidar su programa espacial y propuso incluir el satélite chileno en la misma misión que llevaría al espacio a su primer satélite, el Sich-1. El vehículo elegido sería el cohete Tsyklon-3, fabricado por la empresa ucraniana Yuzhnoye.
El Tsyklon-3 fue desarrollado en la época soviética a partir del misil balístico intercontinental R-36, orientado principalmente a lanzar cargas militares. Es decir, antes de llevar satélites al espacio, su tecnología base fue diseñada como arma nuclear. Medía 39,27 metros de altura, pesaba 189.000 kg y contaba con tres etapas. En la primera etapa hacía uso de tres motores RD-261, derivados del RD-251, fabricados por la compañía rusa NPO Energomash; la segunda etapa incorporaba un motor RD-262 de la misma empresa, y la tercera un motor RD-861, con capacidad para llevar hasta 4.100 kg a órbita baja terrestre.


El problema era que Ucrania no contaba con una base de lanzamiento propia, lo que obligó a negociar el uso de instalaciones rusas. Lograr ese acuerdo no fue sencillo: los ministerios de defensa y las agencias espaciales de ambos países debían entenderse en medio de una relación bilateral cargada de tensiones. En ese delicado escenario, Chile jugó un papel decisivo como facilitador de las conversaciones. Gracias a ello, el FASat-Alfa emprendió su viaje el 28 de julio de 1995 por vía aérea rumbo a Moscú. Desde allí fue trasladado hasta el Cosmódromo de Plesetsk, que en sus inicios era un complejo secreto de misiles intercontinentales y luego fue adaptado para operar cohetes R-7 Semiorka.


Aproximadamente diez días antes del despegue, el satélite chileno fue acoplado al Sich-1.
El 31 de agosto de 1995, a las 02:50 horas (hora chilena), el Tsyklon-3 despegó del Cosmódromo de Plesetsk rumbo al espacio. Pasadas cinco horas desde el lanzamiento, se dio inicio a la etapa de separación, en la que el FASat-Alfa debía alejarse del Sich-1.

Desde la estación de rastreo de Cerrillos, los técnicos de la FACh intentaban recibir señales del satélite, pero no había respuesta. Horas más tarde llegó la confirmación desde distintas fuentes oficiales: el satélite no se había separado correctamente del Sich-1.
Tras el fracaso, se abrió una investigación conjunta entre la FACh, SSTL y Yuzhnoye, que determinó que la causa fue la incorrecta selección de los elementos pirotécnicos. El mecanismo de separación consistía en dos anillos (uno fijo al satélite y otro al lanzador) unidos por una banda lateral que alojaba en su interior un resorte comprimido. Al recibir la señal de separación, el resorte debía liberarse e impulsar al FASat-Alfa a dos metros por segundo, alejándolo del Sich-1. La señal fue recibida correctamente, pero los elementos pirotécnicos no tenían potencia suficiente para cortar los pernos de sujeción. En lugar de seccionarlos, simplemente los aplastaron, impidiendo que el resorte actuara. El FASat-Alfa quedó unido permanentemente al satélite ucraniano.
A pesar del fracaso, esto demostró ser todo un hito en la historia de Chile, no por su éxito operacional, sino por lo que representó: la primera incursión del país en el desarrollo satelital propio. A pesar del frustrante desenlace, el programa demostró la capacidad de la FACh para formar ingenieros espaciales, negociar en escenarios geopolíticos complejos y llevar un satélite nacional al espacio.
La falla en el mecanismo de separación, ajena al trabajo chileno, no opacó el valor del esfuerzo. Por el contrario, sentó las bases para el FASat-Bravo, que sí cumpliría su misión, y marcó el inicio de una tradición espacial que Chile continúa desarrollando hasta hoy, con tan solo un fracaso siendo el FASat Alfa y 28 exitosos satélites operativos y que han cumplido su misión durante los más de 20 años.
Redacción: Felipe Morales
Fotografía de portada: FACH


