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    A 20 años del 11-S: una aviación en permanente crisis y constante transformación

    El cierre del espacio aéreo estadounidense después de la mañana del 11 de septiembre de 2001 y las millonarias pérdidas que genera para toda la industria, marca sólo el comienzo de un largo periodo que hasta la fecha no tiene fin. Como reflejo directo de aquella inflexión, la industria aérea ve desde ese día un progresivo aumento de costos y escenarios que derrumban lo construido hasta ese entonces, pero que en la práctica se tornan favorables.

    Tal como ocurre en la actualidad con la pandemia del COVID-19, los fatídicos acontecimientos obligan al sistema aeronáutico a tomar decisiones. Reestructuraciones de compañías, pérdida de fuerza laboral, el retiro de más de 500 aviones de las flotas (pocos en comparación con la detención de 16.000 aeronaves en 2020), cierre temporal de rutas y bases deficitarias, además de la adopción de nuevas políticas y procedimientos, son parte de los esfuerzos con el objetivo de asegurar la continuidad y sostenibilidad de los negocios.

    A diferencia con el periodo actual, donde muchas compañías aéreas parecen estar consiguiendo sortear la crisis, hace 20 años atrás muchas no logran seguir. Firmas grandes, medianas y pequeñas salen del mercado, sea por quiebra o integración con otra(s) empresas. Pese al impacto del 11-S el mercado estadounidense es el más golpeado, seguido por el europeo. Hoy es daño es global.

    Si bien el COVID-19 no representa un punto de inflexión como el 11-S oficialmente es la crisis más importante que tiene la industria aérea en su historia. Por algo 2020 es, según la Asociación de Transporte Aéreo Internacional, el annus horribilis. Probablemente no sea la última debacle de muchos que vendrán en el futuro, pero al menos la situación actual debiera ser el última -o una de las pocos- en que obligue a detenerse.

    Desde el 11-S, la aviación principalmente relacionada con las líneas aéreas y los aeropuertos no deja de tener periodos adversos. Las guerras, las crisis económicas, las emergencias sanitarias, el precio del petróleo no ayudan a mejorar el panorama, efecto directo de las nuevas amenazas a la seguridad global. Sin embargo, impulsa una agenda de transformación completa que explican en parte por qué a pesar de la magnitud de la crisis del COVID-19 y afecciones a la aviación no vemos un proceso de quiebras o desapariciones a gran escala. Si bien en algunos casos, las ayudas económicas tienen un aporte importante, no es una realidad extensible a todo el planeta.

    La conformación de un nuevo orden mundial post 11-S hacen que las compañías aéreas y todas las industrias ligadas al transporte aéreo se transformen. Se adaptan los modelos de negocios en búsqueda de una eficiencia y sostenibilidad permanente que brinde alternativas para subsistir en los periodos más adversos que hasta ese entonces es posible concebir.

    En ese contexto, hay resultados positivos y también fracasos, pero en su mayoría la industria sabe adaptarse, incorporar nuevos conceptos y realidades de manera rápida propiciando una recuperación en la década siguiente hasta 2020. La industria se refiere a esto como la capacidad de resiliencia, la misma que sigue estando presente y sobre la cual sustenta sus perspectivas a corto, mediano y largo plazo.

    En 20 años la aviación se transforma y avanza a niveles nunca vistos. Pese a la interrupción que significa la pandemia y las restricciones gubernamentales, los procesos iniciados años atrás como la búsqueda de eficiencias, incorporación de tecnologías y desarrollo sostenible continúan con más fuerza. Por lo mismo, más que un punto de inflexión la crisis del COVID-19 es una continuación del camino iniciado hace exactamente dos décadas.

    Hoy, no sólo hay nuevos modelos de negocios en las líneas aéreas -y también en los aeropuertos-, hay aeronaves de última generación que operan desde distintos lugares y son capaces de trasladar a las personas de extremo a extremo del planeta en un máximo de 18 horas en la ruta más larga del mundo. También hay mejores prácticas en seguridad, simplificación de sistemas y procesos, más eficiencias en cualquier aspecto, además de una altísima capacidad de innovación que sorprende día a día. Todo en su conjunto se traduce en beneficios para las personas, garantizando una efectiva conectividad que se traduce en un mayor aporte al desarrollo económico y social de las personas, sus comunidades, culturas y los países.

    La seguridad es la prioridad número uno de la aviación. Al igual que en el 11-S ese concepto está presente en toda la transformación de la industria, acompañado quizás de otros apellidos como el económica o sanitario. Ya no solo el término es referencia a lo técnico-operativo sino que también a todo lo relacionado con el entorno y las políticas que lo rigen emanadas desde los Estados y del cual la aviación es prácticamente receptora.

    A lo largo de estas dos décadas, el tema de seguridad lleva a la industria aérea a nuevos límites y fronteras, obligando a replantear todo lo que antes se había concebido. Sin embargo, pese al despliegue realizado sigue habiendo desafíos pendientes, y bajo un enfoque realista, probablemente estos continúen de manera indefinida, especialmente con la emergencia de nuevos actores o acontecimientos.

    En ese contexto, uno de los puntos con aspectos que siguen pendientes es la capacidad de respuesta de los Gobiernos ante las crisis. La situación del COVID-19 pone en evidencia aquello ante la falta de colaboración y de acción coordinada que permiten anticipar nuevos escenarios. Bajo la experiencia del 11-S, los 20 años posteriores y la crisis derivada de la pandemia una de las lecciones que quizás los Gobiernos debieran tomar es cómo la industria a pesar de sus desafíos, diferencias y adversidades logran su resiliencia.

    Fotografía portada - Chicago O'hare Airport

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