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    A 20 años del 11-S: el último gran punto de inflexión del mundo

    Hoy se cumplen 20 años del 11 de septiembre de 2001. Oficialmente, es último gran acontecimiento en la historia mundial que verdaderamente produce un cambio a todo nivel que ni siquiera la crisis actual del COVID-19 logra igualar. Aunque algunos políticos y grupos de interés hablen -o intenten imponer- el concepto una nueva normalidad, lo que apreciamos en la actualidad son consecuencias políticas derivadas de lo sucedido aquel día.

    Precisamente, en los hechos del 11 de septiembre de 2001 está el primer cambio. Por primera vez, cuatro aviones de líneas aéreas son utilizados como armas de destrucción masiva y elementos de uso cotidiano como un cubierto o cuchillo de cartón como elementos para secuestrar a un número de personas. También por primera vez, herramientas comunes, un actor muy reducido en tamaño -pero no menos poderoso- es capaz de poner en jaque el sistema militar, financiero y político de su enemigo e incluso dañarlo, especialmente en su moral.

    Hasta ese momento, dicho escenario no está en las posibilidades pensadas por la primera potencia mundial. Históricamente, e incluso durante la Guerra Fría, los Estados Unidos siempre consideran que cualquier amenaza está en el exterior, pero nunca en sus fronteras. De esta manera, la idea de seguridad se extiende a un nivel más amplio y por primera vez no sólo el mundo militar o político lo incorpora, también lo hace la sociedad en cada aspecto del diario vivir ya sea de manera directa o indirecta.

    Que un grupo terrorista como Al Qaeda desafíe a una potencial mundial como los Estados Unidos corresponden a lo que se llama las nuevas amenazas a la seguridad. Se diferencian de la anteriores porque los riesgos de los países o de las personas no está en el enfrentamiento bélico, está en todo ámbito.

    En la idea de nuevas amenazas a la seguridad se encuentra el terrorismo (como Al Qaeda o el DAESH, por mencionar algunos), el crimen organizado (narcotráfico, las mafias, la corrupción), delitos cibernéticos (como la acción individual de un hacker), factores humanos (como los movimientos migratorios), crisis económicas (alza del precio del petróleo, sub-prime), ambientales (cambio climático) y también crisis sanitarias. Aunque a diferentes escalas, la pandemia del COVID-19 como el AH1N1 hace más de 10 años, más que algo nuevo son parte de estos conceptos y de un proceso en curso conocido a partir del 11 de septiembre de 2001 que está lejos de terminar.

    Las amenazas descritas como otras por venir tienen un denominador común: lo local es capaz de comprometer a todo el sistema mundial o influir en el. Como consecuencia, son más factores y actores que intervienen en la escena política y en la toma de decisiones. Su participación directa o indirecta hacen que sean más las posibilidades de conflicto y de crisis, es decir, son ciclos positivos – negativos son más cortos y frecuentes.

    La unimultipolaridad

    Desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1990 el mundo funciona con un cierto balance determinado por la acción de dos bloques que se disputan el planeta cada uno con su propio modelo. Por un lado, Occidente bajo el liderazgo de los Estados Unidos, y por otro, Oriente con la ex Unión Soviética. Ambos países son hegemones con capacidad de actuar en similares condiciones.

    La caída de la ex Unión Soviética deja a los Estados Unidos como única hegemonía. Prácticamente no tiene rivales, incluso China con todo su potencial no alcanza los niveles de influencia que exhibe hoy. Como respuesta natural a los ataques del 11-S, el sistema político estadounidense se ve forzado actuar, pero sus acciones unilaterales son puestas en cuestionamientos por distintos países que parecen no estar dispuestos a seguir los lineamientos de su hegemón como años atrás.

    Las acciones unilaterales del país norteamericano en política exterior, realidades distintas de los países y la adopción de modelos políticos-económicos intermedios influyen en la aparición de visiones alternativas respecto a cuál es el rumbo que debe tomar el mundo. Más todavía, ya no son sólo los países, sino que aparecen territorios, naciones o bloques de países que reconociendo sus capacidades pueden influir a otros o generar alianzas para confrontar decisiones de los Estados o de intervenir globalmente. La Unión Europea, China, Arabia Saudita, Irán, India, el Sudeste Asiático, Brasil, son algunos ejemplos, que en una especie de efecto dominó, se extiende por todos los continentes.

    La reorganización del sistema internacional es fundamental para comprender el funcionamiento del mundo post 11-S y que se manifiesta hasta el día de hoy. Precisamente, la falta de una coordinación global para la crisis del COVID-19 muestra que no todos los países están dispuestos aceptar las ideas de otros para salir adelante, lo que también evidencia uno de los fracasos y desafíos pendientes del sistema político mundial.

    COVID-19 no es un punto de inflexión

    Durante la pandemia distintas voces políticas, unas con más conocimiento que otras, hablan de la llegada de la nueva normalidad y que los acontecimientos que suceden como las medidas para enfrentarlos son parte de esa realidad que va a cambiar el mundo. La práctica muestra que no es así e incluso su desesperación por imponer a toda costa mediante una serie de restricciones reafirma que no lo sea.

    En primer término, la pandemia del COVID-19 se inserta de las llamadas nuevas amenazas a la seguridad catalizadas tras los acontecimientos del 11-S en el cual se pone en evidencia que cualquier amenaza puede influir globalmente. Como en su minuto lo es el SARS en Asia, el MERS en el Medio Oriente y el AH1N1 principalmente en Latinoamérica, la actual pandemia forma parte de un proceso natural de muchas enfermedades presentes en la vida diaria y que como endemia lo seguirán estando. Si se lo compara con la pandemia de influenza en 1918 vemos que esta tampoco determina un cambio significativo.

    Otro factor que lo determina son las propias políticas para enfrentar la pandemia cuyo objetivo principal es retomar lo más pronto posible a la normalidad de la vida diaria. Con distintos enfoques y niveles la mayoría de los países transitan de un confinamiento a un rápido retorno de la vida pre pandemia, incluso con una velocidad que el mismo sistema político no es espera. El comportamiento de las reservas aéreas es, por ejemplo, una muestra de ello. Otro caso es el funcionamiento normal de muchos países aún con la presencia de contagios o la decisión de no adoptar otra medida.

    Los puntos de inflexión están llamados a producir cambios drásticos. El COVID-19 como parte de un proceso inserto se lo puede considerar una interrupción o incluso un catalizador de procesos que en función de la magnitud obliga a realizar ajustes considerados anteriormente. La digitalización, las nuevas tecnologías, temas de sostenibilidad o la necesidad de transformarse, todos insertos en la “agenda covidiana”, incluso en el mundo de la aviación, son aspectos ya presentes antes de la pandemia, pero que en función de generar medidas para enfrentar ciclos adversos más próximos se aceleran.

    Con la presencia de nuevos actores con capacidad para influir globalmente no está claro cuando el mundo volverá a contar con un punto de inflexión como lo es el 11-S. A la fecha y como parte de la realidad lo única certeza son la mayor cantidad de incertidumbres que seguirán presentes e incluso con más fuerza que en años anteriores.

    Fotografía portada - Wikipedia Commons

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